Abrazos energéticos


Era mediodía. Acabábamos de salir de la oficina. Caminábamos rutinariamente para satisfacer la necesidad que nuestro cuerpo, como cada día, nos reclamaba: su dosis alimentaria.

Hacía unos días que lo había mencionado y que había explicado que, hace años, sin conocerme de nada, me tendió la mano y me dió una oportunidad. Fruto de ella, tuve mi primera experiencia laboral.

Iba conversando animadamente con mis colegas cuando, de pronto, casi tropiezo con un matrimonio que salía de un parking. Era él con su esposa. Mis ojos se iluminaron. Por primera vez, lo abracé  y le di dos besos -¿Por qué no somos más expresivos emocionalmente los hombres?-. Mis ojos, ahora, brillaban humedecidos. Él se sorprendió. Creo que sus ojos también se humedecieron. Me dijo: ¿Conoces a mi esposa? Sí, le dije. Había tenido oportunidad de disfrutar, hace unos años, de una agradable cena en su casa una noche de verano.

Sí. Lo abracé y le di dos besos por primera vez. Ese abrazo sacudió mi cuerpo. Noté un latigazo de energía que recorría, y recargaba, todos los poros del mismo. Irradiaba energía positiva. La paz que sentía era … indescriptible.

Quedamos que compartiríamos un café. Ya le he llamado y hemos quedado. Siempre le estaré agradecido. Apostó por mi. El otro día me volvió a ayudar: me recargó de energía positiva.

Me fui alejando con mis compañer@s explicándoles el porqué de aquello. Ya no tenía hambre.

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